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CUANDO LA MONTAÑA SIGUE SIENDO EL CAMINO

Central de Aventuras
25 jun 2026
4 min de lectura
CUANDO LA MONTAÑA SIGUE SIENDO EL CAMINO

Hace más de doce años que la montaña forma parte de mi vida. Escalar, esquiar, caminar durante horas, realizar travesías, ascensiones, trabajar como porteador y  guía, son mucho más que actividades para mí, es una forma de VIDA.

Durante años desarrollé mi experiencia en distintos ambientes de montaña, aprendiendo de cada salida, de cada compañero y de cada desafío. Entre todas esas experiencias, Aconcagua ocupó siempre un lugar especial. Alcancé su cumbre por primera vez mucho antes de que la diabetes apareciera en mi vida. En aquel entonces mis preocupaciones eran las habituales de cualquier montañista: el entrenamiento, la aclimatación, la meteorología y las exigencias propias de una montaña de casi 7.000 metros.

Hace tres años recibí un diagnóstico que cambió muchas cosas: diabetes tipo 1 (insulino dependiente)

Como suele suceder, las primeras semanas estuvieron llenas de preguntas, incertidumbre y temores. Uno de los golpes más difíciles fue escuchar que probablemente no podría volver a trabajar en Aconcagua. Para alguien que había construido gran parte de su vida alrededor de la montaña, aquella idea resultaba difícil de aceptar.

Más que la enfermedad en sí, me preocupaba perder la posibilidad de seguir haciendo aquello que me apasionaba. Me preguntaba si volvería a escalar, a esquiar, a realizar travesías largas o a trabajar guiando personas en la montaña.

Con el tiempo entendí que necesitaba aprender una nueva manera de relacionarme con mi cuerpo. Comencé a conocer cómo respondía la glucosa al esfuerzo físico, al frío, a la altura, a las largas jornadas y al desgaste propio de la actividad. Aprendí a planificar mejor, a anticiparme a determinadas situaciones y a incorporar nuevos hábitos que me permitieran seguir realizando las actividades que siempre había disfrutado.

Pero este camino no lo recorrí solo.

Tuve la suerte de encontrar personas que me acompañaron desde el primer momento. Instructores, profesores, guías, compañeros de montaña y amigos fueron fundamentales en este proceso. Nunca pusieron el foco en las limitaciones, sino en las posibilidades. Gracias a ellos recuperé confianza, seguí aprendiendo y entendí que la diabetes no tenía por qué convertirse en una barrera infranqueable.

La montaña tiene algo especial: nos recuerda constantemente que los grandes objetivos rara vez se alcanzan en soledad. Detrás de cada cumbre hay compañeros que acompañan, enseñan, aconsejan y apoyan cuando aparecen las dudas. Mi historia no habría sido la misma sin todas esas personas que estuvieron presentes en el camino.

Y entonces llegó el momento de volver a Aconcagua.

Esta vez la experiencia era completamente diferente. Ya no se trataba únicamente de subir una montaña. También significaba demostrarme a mí mismo que podía convivir con la diabetes en un entorno exigente, tomando decisiones responsables y adaptándome a una nueva realidad.

Lo más significativo fue que regresé no solamente como montañista, sino también como guía, acompañando clientes y asumiendo la responsabilidad de cuidar a otras personas mientras gestionaba mi propia condición. Cada control de glucosa, cada decisión sobre alimentación e hidratación y cada jornada de trabajo representaban un aprendizaje.

Cuando alcancé nuevamente la cumbre comprendí que el verdadero logro no estaba solamente en llegar arriba. El verdadero logro había sido todo el proceso que me permitió regresar.

Aquello que alguna vez me dijeron que probablemente no podría volver a hacer, estaba sucediendo frente a mis ojos.

No porque hubiera ignorado los riesgos o desafiado las recomendaciones, sino porque había aprendido, me había preparado y había encontrado la manera de adaptarme.

Hoy sigo escalando, esquiando, recorriendo senderos, realizando travesías y trabajando en la montaña. La diabetes forma parte de mi vida, pero ya no ocupa el lugar de un límite. Es una variable más dentro de la planificación, como el clima, la altura o las condiciones del terreno.

Si esta historia puede dejar algún mensaje, me gustaría que fuera este: un diagnóstico no tiene por qué significar el final de nuestros sueños. Puede representar un nuevo desafío, una nueva forma de aprender y una oportunidad para descubrir capacidades que no sabíamos que teníamos.

Las montañas que hoy sigo recorriendo son las mismas que conocí hace más de una década. Lo que cambió fue mi manera de transitarlas. Y si pude volver a ellas después del diagnóstico, fue gracias al aprendizaje, la perseverancia y al apoyo de una comunidad de personas que nunca dejó de confiar en mí. Porque, al final, la verdadera cumbre no siempre está en la montaña. A veces está en demostrar que somos capaces de seguir adelante.

AGUSTÍN RIBOLDI

Montañista – Guía de Trekking AAGM

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